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"Por amor al barro"

CRISTÓBAL PEÑATE. Este verano se ha cumplido la vigésima edición de la Traída del Barro de La Atalaya, Santa Brígida, cuna de la alfarería de la isla de Gran Canaria. La fiesta popular del barro ha estado aderezada con jornadas de puertas abiertas donde se han acercado muchos niños y ancianos para comprobar in situ cómo se manejan los artesanos.

Javi, de diez años, se queda anonadado viendo cómo el alfarero da forma al barro. “Ñooo, cuando sea mayor quiero hacer esto yo también”. A su lado, María, lo mismo: “¿Se puede vivir de esto?”, pregunta entre inocente e incrédula.
Pero no. Los alfareros no viven de esto. Los dos principales responsables son maestros y se dedican a la artesanía por las tardes y en sus ratos libres.
Como Mercedes Cuenca y Gustavo Rivero, dos profesores de primaria que tratan de dedicar su tiempo libre a la alfarería. Así, cuando viene un colegio de visita, cada monitor se encarga de enseñar a 30 ó 50 niños, pero eso no ocurre todos los días.

Dos conceptos principales ayudan a los más pequeños a encontrar el valor de un patrimonio de siglos, no solo en Canarias, sino en todo el mundo. Los cacharros que ven elaborar, que se hacen materia delante de sus ojos, son los antiguos tupergüés que hoy ven en sus cocinas y neveras, unos gánigos en los que se almacenaba el grano, la comida ya hecha, o las botellas prehistóricas donde se almacenaba el agua.


En cada lugar del mundo tienen sus propias formas, su única huella dactilar, y esa es la que en el centro locero de La Atalaya imprimen sus maestros. Un saber inmenso que es el que resume parte de la idiosincrasia de los antiguos canarios, pero que aún con ello, con todo el poder didáctico que posee se encuentra en precario. Así, mientras los más pequeños continúan fascinados con la magia de la maravilla, Rivero y Cuenca, presidente y secretaria, respectivamente, de la asociación de Loceros de la Atalaya (Alud) explican a la visita una realidad más cruda aún que la propia tierra que modelan. Que es una labor por amor al barro, porque el centro no recibe ninguna subvención, a pesar de que está en precario junto al ecomuseo de Panchito. “Se trata de un patrimonio público y ninguna institución lo defiende. Lo máximo que hemos recibido en cuatro años son 3.000 euros para una rehabilitación. No hay partidas para actividades destinadas a jóvenes, niños o mayores. El ayuntamiento no paga pero nosotros no podemos hacer las cosas gratis. No queremos vivir de subvenciones, pero tenemos que cobrar las actividades porque no disponemos de dotación económica”. 
Rivero no cree que peligre la continuidad del centro alfarero. “Hemos luchado para seguir adelante. No es algo de vida o muerte, pero el centro lo hemos vestido y enriquecido. La alfarería tradicional sí está en peligro si no se la ayuda, un valor cultural que debemos conservar, un legado vivo de la época prehispánica que no se puede tratar como un bien rentable, y si es así desaparecerá”.

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Desde el “Centro Locero de La Atalaya” nos alegramos de que el “Centro Locero de Hoya Pineda” se recupere y se potencie por su gran valor cultural y patrimonial. Así, junto al “Centro Locero de Lugarejos” conforman en la actualidad la pervivencia de una tradición ancestral que se remonta a la época de los antiguos canarios que sobrevivieron al trauma de la conquista de la isla.

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Tenemos un tesoro en La Atalaya de nuestra Villa, que encierra el ADN de nuestros antepasados de mayor proyección artesanal de todos los tiempos. Un poblado troglodita mil veces fotografiados por los primeros turistas que empezaron a merodear por nuestra geografía municipal desde el siglo XIX y que por mor de un grupo de entusiastas herederos de la perseverancia de aquellas viejas loceras que moldeaban el barro bajo el fresco de las cuevas talayeras, podemos conocerlo y entenderlo en la exposición permanente del Centro Locero de la Atalaya y en el Eco museo “Casa-Alfar Panchito”…  
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